Mérida, Yucatán, 7 de octubre de 2026.- La organización del hombre en sociedades, representa un largo camino evolutivo que se ha tenido que realizar mediante el método de prueba, acierto y error; pero que nos ha permitido concluir, que ningún sistema de gobierno ha demostrado ser perfecto o imperfecto; si no que todos, han tenido que adaptarse a las condiciones que su tiempo les exigió.
Tenemos así que en los orígenes del hombre, los primeros grupos organizados en hordas, dependían de normas naturalistas que les permitieran la sobrevivencia por sobre cualquier otro tipo de necesidad, por lo que resultaba sencillo establecer, sin un gobierno, situaciones organizativas como por ejemplo, que si alguien al ser débil dificultaba el acceso al agua o a la caza, había un consenso general de que debía ser abandonado por el bien general del grupo; teniendo así un sistemas de normas instintivas, que no requerían de un sistema de gobierno.
Una vez que se desarrolló la ganadería y la agricultura, se dio inicio al sedentarismo; los nuevos grupos de tribus, tuvieron que cambiar los sistemas naturales de organización social, para sustituirlos por otros que permitieran la convivencia con lo que representaba la nueva propiedad privada y el desarrollo de habilidades individuales, que estaba dando origen a grandes avances como el desarrollo de los oficios y con ello el estatus social.
Al paso de tiempo el éxito en la alimentación, consecuencia de la agricultura y la ganadería sedentarias, y con la seguridad que esto acarreaba a los primeros grupos de seres humanos; dio como consecuencia un aumento en las poblaciones, dando origen con ello, a las primeras civilizaciones, las cuales tuvieron que establecer de manera más clara, una organización con rudimentarios sistemas de gobierno, que incluyeran reconocimiento de autoridades y establecimiento de normas.
El origen de estos primeros grupos sociales organizados, se fundamentó en ideas teocráticas con las que se buscaba explicar los fenómenos naturales y la existencia misma de los seres humanos, dando paso a los gobernantes-sacerdotes o líderes espirituales, quienes como en el caso de los faraones del antiguo Egipto, hacían las veces de órgano máximo del sistema social e intérpretes de los deseos divinos hacia los súbditos.
El imperio romano fue un ejemplo e influencia para otros pueblos, respecto a la aplicación de estos sistemas de monarquías absolutas, particularmente durante las épocas del imperio, en donde se relacionaba la creencia de un vínculo entre la divinidad y el poder público; siendo un sistema tan efectivo y perfectamente implementado, que después de la caída del imperio y sustituido por el catolicismo como órgano rector; se continuo adoptando este régimen teocrático, principalmente para la formación de las primeras monarquías en occidente.
Resulta interesante el hecho de que este sistema cumplió de tal manera su función, que no fue sino hasta la alta edad media en que se modificó la idea de que los reyes, monarcas o emperadores, habían sido designados por un ser divino para encabezar los gobiernos, razón por la que debían de ser obedecidos; esta creencia no fue exclusiva de occidente ya que los sistema teocráticos, funcionaron de igual manera en oriente medio y en el lejano oriente; siguiendo la misma tendencia de organización, pero fundamentada en las religiones y deidades que aplicaran localmente.
En nuestro caso cercano de occidente, la iglesia católica medieval, otorgaba los reconocimientos a los reyes y emperadores como representantes de dios en la tierra, los súbditos perfectamente adoctrinados lo consideraban como cierto y a cambio de ello, a la iglesia se le permitía ejercer su hegemonía y recaudación en todos los reinos en que se tuviese este acuerdo.
El gobierno se trasmitía de la iglesia al monarca y tenemos que ser reiterativos, con el hecho de que fue un sistema que funciono para su época, prueba de ello fue su larga duración, desde la antigüedad hasta la edad media y que aun con sus grandes deficiencias, permitió el desarrollo y avance de los pueblo, aunque no fuera de la mejor manera.
Es hasta la época de las grandes epidemias de la edad media y debido a la inadecuada gestión de las mismas por parte de la iglesia, en que se pusieron en duda la creencia del sistema teocrático-monárquico; además del abuso de poder y constante aumento de los tributos, fue que se dio inicio a su proceso de debilitamiento y futura caída.
El absolutismo fue entonces el sustituto al sistema teocrático, que adopto la monarquía pura y directa en la que el rey debía ser la cabeza del sistema de gobierno, aun por encima de la religión, con poderes tales que no debían dar cuenta de nada a nadie; un sistema que permitía adaptar a cada lugar o región las condiciones de gobierno que más le convinieran a sus intereses, un nuevo esquema que permitía libertades antes inconcebibles y que dio origen al protestantismo y la llegada de la ilustración, cuyas ideas proponían sistemas de gobiernos adaptados a los grandes cambios de la época como lo era el comercio entre reinos y los grandes descubrimientos.
Sin embargo las grandes monarquías absolutista demostraron que en la práctica, más poder a una persona no significa más beneficio para los pueblos, y que por el contrario, resultaron ser tan dañinas que tuvieron un breve periodo de existencia en comparación con su antecesor sistema, pero que fue suficiente para demostrar que un poder absoluto sin control resulta ser devastador para los pueblos.
Gracias a la ilustración y a una creciente burguesía cada vez más rica; poco a poco los reyes absolutistas fueron cayendo uno a uno y el caso más significativo de ello fue Luis XVI de Francia, a quien le correspondió demostrar que un monarca podía ser decapitado y que no era un semi dios; que su administración podía ser sustituida por los ciudadanos, y que la humanidad estaba entrando a una nueva época en que el poder ya no lo ejercería la religión, o la monarquía sino el pueblo mediante los gobiernos democráticos representativos y el estado de derecho.
Lo antes mencionado describe un largo camino de muchos siglos, que nos costó como humanidad, el poder crear los gobiernos democráticos y sistemas de gobierno modernos; tenemos una gran responsabilidad histórica de preservar y mejorar el estado de derecho y honrar con ello el sufrimiento y esfuerzo que realizaron nuestros pueblos originarios para crear nuestro actual estado de bienestar.
También te puede interesar: LA TRANSMISIÓN Y LA RETRANSMISIÓN

