La desaparición y feminicidio de Francisca Mariner marcó su vida para siempre. Lejos de rendirse, María Dolores Patrón Pat transformó el dolor en una lucha que hoy acompaña a cientos de familias que buscan a un ser querido en Quintana Roo.
Hay muchos dolores que una familia puede enfrentar. Violencia en casa, abuso sexual o feminicidios; pero ninguno se compara con la desaparición de un hijo.
La frase pertenece a María Dolores Patrón Pat, mejor conocida como Mary Pat, una mujer cuya historia está marcada por la resiliencia, la valentía y una profunda convicción de que rendirse nunca es una opción.
Nació en Maxcanú, Yucatán, en una época y una comunidad donde muchas mujeres crecían escuchando que su destino estaba escrito: casarse, tener hijos y dedicarse al hogar. Estudiar no era una prioridad para las niñas y la independencia económica parecía un privilegio reservado para otros.
Durante su infancia fue testigo de la violencia física y emocional que sufrió su madre. Sin embargo, también observó en ella una fortaleza que terminaría convirtiéndose en ejemplo de vida.
«Yo vi sufrir a mi mamá, pero también la vi trabajar. Criaba puercos, gallinas, cosía, tejía. Ella siempre encontraba la forma de salir adelante y no depender económicamente de nadie», recuerda.
Aquella mujer le enseñó una lección que la acompañaría toda su vida: a los hijos se les ama y se les cuida por encima de cualquier circunstancia.
Al terminar la primaria, el destino que la sociedad tenía preparado para ella parecía inevitable, dejar de estudiar para casarse, por que en su cultura “las mujeres tienen para que estudiar”. Pero Mary decidió hacer algo distinto.
«Yo hice mi rebeldía», dice con una sonrisa.
Comenzó a trabajar para pagar sus propios estudios y logró concluir el nivel medio superior, siempre con el respaldo de su madre. Esa fue la primera de muchas rebeldías que marcarían su historia.
Con el tiempo formó una familia y tuvo tres hijas: María José, Francisca Mariner y Yujeimi Jarumi. Como muchas mujeres de su generación, se entregó por completo al cuidado de sus hijas convencida de que crecer con una madre y un padre juntos era lo mejor para ellas.
Sin embargo, la vida tenía otros planes.
A los 22 años se encontró sola, su pareja y padre de sus hijas se la llevo a otro estado, una ciudad desconocida sin red de apoyo, ahí la abandono, con tres niñas pequeñas y la responsabilidad absoluta de sacarlas adelante.
Lejos de regresar derrotada a casa, decidió quedarse y enfrentar la situación.
Vendía antojitos por las mañanas, preparaba almuerzos por las tardes y elaboraba postres para generar ingresos. Cada peso ganado representaba una oportunidad para que sus hijas tuvieran una vida mejor.
«Yo decidí hacerme responsable de ellas, eso me enseño mi mamá”, recuerda.
Años después volvió a confiar en el amor y encontró una pareja que apoyó la crianza de sus hijas. Juntos construyeron un hogar y, buscando mayores oportunidades académicas y laborales, para ello se trasladaron a Cancún.
Mary encontró empleo gracias a una de sus grandes habilidades: la cocina. La vida parecía avanzar con normalidad hasta que una de sus hijas comenzó a alejarse de la familia.
Francisca Mariner entró en una relación marcada por la violencia. Poco a poco dejó de asistir a las reuniones familiares, dejó de responder mensajes y comenzó a aislarse.
«Yo le pedía que regresara a casa. Aquí la íbamos a apoyar», recuerda Mary con lágrimas en los ojos.
Con el tiempo, aquella preocupación se convirtió en una pesadilla.
Francisca desapareció.
A partir de ese momento comenzó uno de los capítulos más dolorosos de la vida de Mary Pat.
La incertidumbre, el miedo y la desesperación se instalaron en su hogar. Sin embargo, en medio de la angustia recordó una de las enseñanzas más importantes de su madre: nunca darse por vencida.
Así comenzó una búsqueda que transformaría para siempre su vida y la de miles de familia Quintana Roo.
Mientras recorría oficinas, tocaba puertas y exigía respuestas, también descubrió que había cientos de familias atravesando el mismo dolor.
Fue entonces cuando nació una nueva rebeldía.
Mary decidió organizarse y acompañar a otras madres que buscaban a sus hijos e hijas desaparecidos. De ese esfuerzo surgiría posteriormente el Colectivo Madres Buscadoras Quintana Roo.
«Sabía que tenía que encontrar a mi hija. Tenía que hacer todo lo necesario para lograrlo», recuerda.
Durante años recorrió caminos que ninguna madre debería recorrer. Aprendió de leyes, procedimientos, búsquedas en campo y acompañamiento a víctimas. En cada paso la impulsaba la esperanza de volver a abrazar a Francisca.
Finalmente, después de cuatro años y medio de búsqueda, obtuvo una respuesta.
Encontró a su hija.
No de la manera que había soñado.
La localización de Francisca confirmó el desenlace más doloroso para cualquier madre. Sin embargo, también puso fin a una incertidumbre que la había acompañado durante años.
«Encontré a mi hija. Hoy está en su casa. No en las condiciones que yo hubiera querido, pero está en casa y tiene un lugar donde descansar», expresó entonces.
Para muchas personas ese momento habría significado el final de la lucha. Para Mary fue una transformación, pues la localización de su hija dejo en evidencia una presunta negligencia legal por parte de las autoridades, su cuerpo nunca estuvo desaparecido, siempre permaneció en calidad de desconocida en las instalaciones del Servicio Médico Forense en Cancún.
Mary Pat, a pesar de encontrar a Francisca, decidió permanecer al lado de las familias que continúan buscando a sus seres queridos. Pensó en retirarse para dedicar más tiempo a su nieta, pero algo la hizo cambiar de opinión.
«Tenemos que seguir ayudando a quienes no logran acceder a la justicia», le recordó su propia familia.
Y siguió.
Hoy continúa acompañando búsquedas, orientando a madres, impulsando acciones de exigencia institucional y levantando la voz por quienes aún esperan respuestas.
Su mayor deseo es ver crecer a su nieta, la hija de Francisca, acompañarla en cada etapa de su vida y seguir construyendo una familia unida por el amor.
A pesar de todo lo vivido, Mary no ha perdido la fe en las personas.
Sigue creyendo en la solidaridad, en la empatía y en la capacidad de las mujeres para apoyarse unas a otras.
Por eso, cuando le preguntan qué mensaje quiere dejar a otras mujeres, responde con la misma firmeza que ha guiado su vida:
«No permitan ningún tipo de violencia. Hay muchas formas de violencia que vamos normalizando. Busquen ayuda. Y cuando vean a otra mujer siendo víctima de violencia, no sigan de largo. Hay que cuidarnos entre todas».
Mary Pat hizo muchas rebeldías a lo largo de su vida.
Fue rebelde cuando decidió estudiar.
Fue rebelde cuando sacó adelante sola a sus hijas.
Fue rebelde cuando enfrentó autoridades para buscar respuestas.
Y fue rebelde cuando decidió transformar su dolor en una causa colectiva.
Quizá por eso su legado no está únicamente en haber encontrado a Francisca.
Su legado está en demostrar que el amor de una madre también puede convertirse en justicia.
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It might be difficult to start all over especially after a personal drama
True, but we can find help among people who have dealt with these issues