- Una victoria de la Selección unió al país durante 90 minutos. Horas después, un hecho de violencia volvió a exhibir las fracturas sociales que llevamos años acumulando
Anoche México ganó.
Durante noventa minutos fuimos uno solo. En plazas, restaurantes, parques y salas de estar, miles de personas se reunieron con la misma ilusión. Se abrazaron con cada gol, cantaron el Himno Nacional y, por un momento, recordaron lo bonito que se siente pertenecer a un país.
Horas después, la noticia ya no era el triunfo de la Selección.
Era un automóvil arrollando a varias personas en Los Cabos, luego de una discusión ocurrida al terminar el partido.
Y entonces me quedé pensando.
No en el conductor. No en quienes rodeaban el vehículo. Ellos tendrán que responder por sus propias decisiones ante la autoridad. Pensé en algo mucho más profundo.
¿Qué nos está pasando como sociedad?
Recuerdo que cuando era niña, mi abuelo Hermilo nos hacía ponernos de pie cada vez que sonaba el Himno Nacional. No era un acto vacío. Era una forma de enseñarnos respeto. Si alguien tiraba basura en la calle, no solo recibía un regaño; tenía que levantarla. Si afectabas a un vecino, sabías que había cruzado un límite.
No porque antes fuéramos perfectos. Claro que no lo éramos.
Pero había un esfuerzo permanente por formar ciudadanos.
Hoy pareciera que estamos formando otra cosa.
Vivimos en un país donde millones de personas cargan una frustración silenciosa. La inseguridad se volvió parte de la rutina. Conseguir una vivienda digna parece cada vez más lejano. Muchas familias trabajan más y sienten que les alcanza menos. Los servicios públicos no siempre responden a la altura de lo que la gente necesita. La incertidumbre termina convirtiéndose en un estado permanente.
No creo que esas condiciones conviertan automáticamente a una persona en violenta. Sería una simplificación injusta y absurda.
Pero sí creo que una sociedad que vive durante años acumulando enojo, impotencia e insatisfacción termina perdiendo tolerancia. Y cuando esa tensión no encuentra espacios sanos para procesarse, cualquier chispa puede convertirse en incendio.
A eso se suma otra realidad que pocas veces queremos mirar.
Las redes sociales nos acostumbraron a insultar antes que escuchar. Los medios, muchas veces, hemos descubierto que el enfrentamiento genera más clics que la reflexión. La descalificación ocupa más espacio que el argumento. Juzgamos antes de conocer los hechos. Condenamos antes de comprender.
Eso también educa.
Eso también forma cultura.
No podemos hablar de reconstruir el tejido social mientras normalizamos la agresión como forma de comunicarnos.
Anoche miles de personas salieron a celebrar porque aman a México.
Pero amar a un país no puede reducirse a ponerse una camiseta durante noventa minutos.
Amar a México también es respetar al desconocido que va manejando junto a nosotros. Es no convertir cualquier diferencia en una batalla. Es cuidar el espacio público como si fuera nuestra propia casa. Es enseñarles a nuestros hijos que la libertad termina donde comienza la dignidad del otro.
Quizá el verdadero problema no comenzó cuando un conductor aceleró.
Comenzó mucho antes, cuando dejamos de hablar de civismo, de comunidad y de responsabilidad compartida. Cuando aceptamos que el insulto era normal, que la corrupción era inevitable, que la violencia era parte del paisaje y que siempre había alguien más a quien culpar.
Tal vez ha llegado el momento de hacernos una pregunta incómoda.
¿Qué país estamos ayudando a construir todos los días con nuestras palabras, nuestras decisiones y la forma en la que tratamos a los demás?.
Porque ninguna nación se sostiene únicamente por sus gobiernos.
Las naciones se sostienen, o se derrumban, por la calidad humana de sus ciudadanos.

